jueves, 2 de marzo de 2017

MEMORIAS - RELATO DE UN MAESTRO


 

MEMORIAS




Tuve una mamá adoptiva, se llamaba Carmen, que como yo no nació en el barrio de Montserrat, pero me enseñó a quererlo.
Un barrio lleno de contrastes, dónde las calles se llenan de historias, las casas de recuerdos, la gente de asombro y caminando te sorprendes por los idiomas que escuchas, ya que está lleno de Hostels que me cuenta mamá que antes no había.
Tal vez yo no entendía lo que significaba, pero mi mamá a quién conocí más o menos cuando yo tenía treinta días de vida, se entusiasmaba cuando me llevaba a pasear y en cada cuadra encontraba rastros de memorias y compartía conmigo un tour íntimo y divertido como si estuviéramos transitando el barrio de todos los amores.
El diálogo en el recorrido iniciaba cuando nos parábamos en la calle Chile entre Salta y Lima y con nostalgia miraba la casa en la que vivió once años, la misma ya no estaba, debido a que construyeron una Facultad. Era un lugar alquilado, muy antiguo, donde en otro departamento vivía su hermano, a quién no llegué a conocer.
Siguiendo nuestro recorrido caminábamos panchas hasta la Avenida Entre Ríos, me gustaba mucho, estaba llena de personas y olores diferentes que atraían toda mi atención, hasta llegar al vendedor ambulante que estaba casi llegando a la esquina, quien siempre nos saludaba. Luego pasábamos por uno de mis lugares favoritos. “La Carnicería”, ahí compraba de los más deliciosos manjares que siempre compartía conmigo, acompañado de zanahoria rallada. Es el día de hoy que cuando escucho que están rallando zanahorias salgo corriendo a la cocina para comer un pedacito y ojito con que no me vayan a compartir, hago un escándalo.
Bueno continuando el recorrido, después de comprar pollo o carne seguíamos paseando hasta Avenida Belgrano y Entre Ríos, me gustaba pasar por ahí, mi mamá me contaba que cada seis meses cambiaban las alfombras del piso de la calle, se sentía cómodo y algo divertido ese trayecto.
Luego pasábamos por la Fundación Favaloro y se detenía en silencio a leer siempre la misma placa que estaba en el frente del lugar. Más de una vez me contó la historia de una actriz y cantante de milonga y tango, que pasó sus últimos años hospedada allí. Falleció muy viejita y querida por la gente a los 98 años de edad. No recuerdo su nombre, pero sí el de una canción que mamá siempre escuchaba: “Se dice de mí”.
Continuábamos nuestro andar hasta el buzón rojo de México y Ceballos, que antiguamente guardaba las cartas que encerraban nostalgias, alegrías, noticias, pésames e invitaciones.
Siempre me contaba que al igual que San Telmo, Montserrat era una barrio donde había muchos conventillos, integrados por inmigrantes que con esperanza compartían la escuela, el barrio, los negocios, la plaza y la vida toda con los porteños que tenían la suerte de vivir en estos pintorescos lugares.
Mi mamá, avanzando en el recorrido, se detenía a conversar con una u otra vecina, con las que siempre hablaban de lo mismo. Que el barrio era limpio, seguro y amistoso. Mientras, yo me sentaba en el umbral mirando entrar y salir la gente del restaurante Plaza Mayor, de donde todos los diciembres emanaba un delicioso aroma a pan dulce. ¿No les conté? Vivo en un PH sobre la calle Venezuela y cuando en casa abren las ventanas entra ese olorcito tentador que lo invade todo.
Ese era el recorrido que hacíamos a diario, sobre todo, los días soleados, hasta que un sábado por la madrugada vinieron unos señores vistiendo delantales celestes y se llevaron a mamá. Se fue acompañada con mi hermano, quien a partir de ese día se convirtió en mi papá. Ella nunca más volvió. Él a veces me mira y me dice ¿Y mamá dónde está?, y yo como puedo lo abrazo.
Esto pasaba hasta que yo tuve cuatro años, hoy ya a mis casi quince siempre recuerdo esas caminatas.
Luego también hubo otras caminatas, ya que llegó una intrusa de cuatro patas como yo. En un principio nos mirábamos con cara de pocas amigas, pero, con el pasar del tiempo nos convertimos en hermanas. Pasamos todo el día juntas haciéndonos compañía y algunas travesuras mientras nuestros papás trabajan.
Fui muy feliz con mi mamá, pero también lo soy con mi hermano que se transformó en papá y con mi otro papá, ése que trajo a Luna, la intrusa de mi misma edad. No puedo dejar de nombrar a mi tía Claudia que siempre, pero siempre, siempre nos cuida y mima mucho.
Les podría contar otras tantas cosas, pero tal vez como yo estoy viejita, la memoria me juega en contra.

En memoria de Carmen Lestido.

                                                                              Guillermo Gabriel Giglio