sábado, 5 de julio de 2014

LA MASACRE DE SAN PATRICIO



4 DE JULIO DE 1976


LA MASACRE DE SAN PATRICIO





“Es hora de que la Iglesia de Cristo en la Argentina discierna a nivel nacional nuestra misión y no guarde silencio ante hechos graves que se vienen sucediendo”.

Monseñor Enrique Ángel Angelelli

Obispo de La Rioja - Abril de 1976

(Asesinado el 4/8/76)




Se conoce como “Masacre de San Patricio” o “Masacre de los curas palotinos”, el asesinato de tres sacerdotes y dos seminaristas de aquella orden en la madrugada del 4 de julio de 1976. Sucedió en la Parroquia de San Patricio del barrio de Belgrano, a poco de instalarse en el país la sangrienta dictadura cívico-militar encabezada por Videla-Massera-Agosti-Martínez de Hoz.

El crimen nunca fue esclarecido, ni la iglesia se declaró querellante, aunque la inculpación recae sobre un grupo de tareas de la Marina conducido por el represor Antonio Pernías (a) "Trueno", "Rata" o "Martín", hijo de un oficial superior de la Fuerza Aérea.





LA IGLESIA: ¿INACCIÓN, TEMOR O COMPLACENCIA?








Por aquella época, la Iglesia se dividía en dos fracciones antagónicas irreconciliables, de ideas diametralmente opuestas. La jerarquía eclesiástica, encabezada por el presbítero Juan Carlos Aramburu y el nuncio apostólico Pio Laghi por un lado, y por el otro los llamados sacerdotes tercermundistas (MSTM), que respondían a los ideales del Concilio Vaticano II (época de Juan XXIII) y a la Conferencia de Medellín, Colombia, de 1968. Mientras los primeros se adaptaron a la línea ortodoxa de la iglesia, alineada con los poderes fácticos de dominación, los sacerdotes tercermundistas adoptaron la “Teología de la Liberación”, corriente nacida en aquellos preceptos. Algunos de sus representantes más destacados fueron los sacerdotes Gustavo Gutiérrez Merino (peruano), Leonardo Boff (brasileño), Jon Sobrino (español), Camilo Torres Restrepo (colombiano), Pablo Richard (chileno), Manuel Pérez Martínez (español), Juan Luis Segundo (uruguayo) y Gaspar García Laviana (español).

Difundían el evangelio de Cristo en las villas y los sectores más humildes de la sociedad. Los derechos del pobre son derechos de Dios (Éxodo 22:21-23, Proverbios 14:31;17:5) porque él ha elegido a los pobres (Santiago 2:5) y por tanto es él quien ha hecho la opción preferencial por los pobres para salvar a todos. Jesucristo se identificó con los pobres (Mateo 5:3) y claramente dijo que quien se relaciona con el pobre, con él mismo trata y a él mismo acepta o rechaza, a tal punto que esa relación será el criterio principal del Juicio Final (Mateo 25:31-46).

Este enfrentamiento, que se dio en toda la sociedad, llega al máximo con la instauración de la dictadura, la que no hará diferencias entre laicos y católicos para aplicar su plan sistemático de exterminio a quienes se opongan.

Según las estadísticas del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, e informes de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), creada por el presidente Raúl Alfonsín en 1983, durante los años de la dictadura fueron asesinados en el país 18 sacerdotes, 10 seminaristas, dos monjas francesas y 39 laicos ligados a la iglesia. Además estuvieron presos en cárceles clandestinas otros 30 sacerdotes, afortunadamente liberados.

Ya antes, durante el interinato de Estela Martínez de Perón, fue asesinado por la Triple A el sacerdote villero Carlos Mugica, el 11 de marzo de 1974.

Los asesinatos más difundidos fueron los del obispo de La Rioja Monseñor Enrique Angelelli, el 4 de agosto de 1976, hecho pasar por un accidente automovilístico, mientras portaba pruebas sobre el secuestro y muerte días antes (18 de julio) del cura franciscano Carlos de Dios Murias y del sacerdote francés Gabriel Lonqueville. El 11 de julio de 1977 fue el turno del obispo de San Nicolás de los Arroyos, también en un supuesto accidente, y en diciembre del mismo año, en la Parroquia de La Santa Cruz (San Cristóbal), el de las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, que fueron secuestradas y asesinadas.

Para el afianzamiento en el poder de la junta militar era indispensable además de instalar el miedo, llevar adelante una acción psicológica difundida por los medios, y la complicidad o el silencio de parte de la sociedad civil, más la necesaria participación de la jerarquía eclesiástica, como cómplice silencioso, enmascarando los crímenes que bien sabía que se estaban cometiendo.



LOS PALOTINOS Y LA MASACRE



No era la congregación palotina la más comprometida con los sacerdotes tercermundistas. Sin embargo existía entre ellos una pequeña fracción que adhería a aquellos principios, que fue el caso de los de la parroquia de la calle Estomba 1942, en plena vecindad de sectores acomodados de Belgrano, donde se sucederían los aberrantes hechos.

Todo comienza hacia la medianoche del día 3 de junio, cuando se estacionan en las cercanías del templo dos autos con personas sospechosas en su interior. Luego se supo que desde una esquina vecina vieron que estos individuos portaban armas largas.

En una de las esquinas vivía casualmente el interventor militar de la provincia de Neuquén, general José Martínez Waldner, con su hijo Julio, que se encontraba en la vereda junto al hermano de Mariano Pinasco (sacerdote palotino que en la actualidad reside en México y que vino al país para declarar en la causa).

JulioWaldner piensa según el relato de Pinascoque se la iban a dar a su padre, así que fue a la comisaría cercana. El patrullero que despacharon desde allí identificó a los dos autos y después le dijo a los muchachos: “quédense quietos, no se muevan porque van a bajar a unos zurdos. Quédense adentro”.




Nunca imaginaron éstos, pese al léxico policial, la gravedad del asunto del que se enterarían a la mañana siguiente. Del relato se desprende que se había declarado el lugar como “zona liberada”, tal como era de práctica en todas las acciones de los grupos de tareas militares.

Pasadas las 8 de la mañana siguiente, se fueron congregando en las puertas del templo cerradas, los vecinos que normalmente acudían a misa. También llegó el organista, a quien le extrañó la situación anormal. Ingresó al templo desde una casa vecina y encontró el desolador cuadro en el salón del primer piso. Los cinco religiosos muertos, maniatados boca abajo con los brazos en la espalda, ensangrentados y con signos de haber recibido además una golpiza.

En la acción se habrían utilizado armas con silenciador, ya que los vecinos no escucharon nada. Algunos de los acribillados llegaban a tener más de 60 balas en su cuerpo.

Se trataba de ALFREDO LEADEN, sacerdote, nacido el 23 de mayo de 1919 en Buenos Aires; ALFREDO JOSÉ KELLY, sacerdote, nacido el 5 de mayo de 1933 en Suipacha, Buenos Aires; PEDRO EDUARDO DUFAU, sacerdote, nacido el 13 de octubre de 1908 en Mercedes, Buenos Aires; SALVADOR BARBEITO DOVAL, seminarista, nacido el 01/09/51 en Pontevedra, España y EMILIO JOSÉ BARLETTI, seminarista, nacido el 22/11/52 en San Antonio de Areco, Buenos Aires.

Sobre uno de los cuerpos habían colocado un dibujo de Mafalda, aquel famoso “del bastoncito para abollar ideologías”. Además habían escrito: “Por los camaradas dinamitados en Seguridad Federal. Venceremos. Viva la patria” y “Estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes y son del MSTM” (por Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo).

De la parroquia desaparecieron objetos y papeles importantes.

El caso originó un revuelo nacional e internacional, y en un primer momento la dictadura intentó responsabilizar a “elementos subversivos”, aunque luego atribuyeron el crimen a “grupos militares fuera de control”.

Al día siguiente, Pío Laghi reconoció en diálogo con la Embajada de Estados Unidosque los autores habían sido agentes de seguridad “sin ordenes de oficiales superiores”, pero nunca investigaron ni identificaron quiénes fueron esos agentes.

La Conferencia Episcopal remitió una tibia nota a la Junta, sin exigir con energía una exhaustiva investigación. Tampoco aportó los elementos de prueba que había recolectado la curia, por el contrario, como ocurrirá un mes después en el caso Angelelli, guardó una silenciosa reserva y mantuvo un sospechoso perfil bajo.



LA INVESTIGACIÓN



El crimen de los palotinos nunca obtuvo justicia. Se abrió una causa durante la dictadura que encabezó el juez Guillermo Rivarola, la que quedó en la nada. En 1983, un nuevo juez federal, Néstor Blondi, reabrió el caso con pruebas recopiladas por el periodista Eduardo Kimel en su investigación La masacre de San Patricio.

El primer elemento fuerte fue que un marino de baja graduación, Miguel Angel Balbi, se presentó en el juzgado de Blondi y manifestó que un compañero de armas, de nombre Claudio Vallejos, le había confesado que él manejó uno de los coches en el operativo, mientras otros compañeros de armas entraban. Dio los nombres de Antonio Pernías como quien dirigió todo, del teniente de Fragata Aristegui y del suboficial Cubalo.

Otro elemento fue la declaración que hizo Graciela Daleo, sobreviviente de la ESMA, al contar que Antonio Pernías se jactaba de haber matado a los palotinos. Pero la investigación no avanzaría. Vallejos, el chofer, no pudo ser ubicado por la Justicia (se fugó a Brasil). Llamado a declarar, Pernías negó cualquier relación con el caso. En la actualidad, el juez federal Sergio Torres quien, en un desprendimiento de la denominada Causa ESMA investiga el homicidio de los padres palotinos, tomó declaración a nuevos testigos en la causa, y es de esperar que se llegue finalmente a esclarecer el crimen.



EDUARDO KIMEL, AUTOR DEL LIBRO LA MASACRE DE SAN PATRICIO

Es uno de uno de los casos de censura más conocidos y absurdos del continente. Eduardo Kimel fue el único condenado por escribir e investigar la masacre de los curas palotinos. En 1995, la jueza Angela Braidot condenó a Kimel a un año de prisión en suspenso y al pago de 20.000 dólares de indemnización a Rivarola. En noviembre de 1996, la Cámara de Apelaciones anuló el fallo y absolvió al periodista, pero en diciembre de 1998, la Corte Suprema aceptó un recurso de Rivarola, revocó el fallo anterior y lo devolvió a la Cámara para que dictara otra sentencia, que finalmente confirmó la pena impuesta. Esa situación motivó la intervención de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y el posterior fallo de Casación. El CELS hizo hincapié en que los años que pasaron desde lo dictaminado por la Corte “ponen de manifiesto las deficiencias del Estado para dar cumplimiento al fallo en su totalidad”.

CINE: TITULO ORIGINAL: 4 DE JULIO, LA MASACRE DE SAN PATRICIO.

DOCUMENTAL ESTRENADO EL 3 DE JULIO DE 2000



En estos últimos años --relata el crítico Hugo Zapata--, se han visto muchos documentales sobre la dictadura militar, la gran mayoría de ellos no resultaron ser más que panfletos políticos, con una pobre producción periodística.
4 de julio, la Masacre de San Patricio es un muy buen film de Juan Pablo Young y Pablo Zubizarreta que retrata aquella terrible historia, casi nunca tocada en los medios. Existe muchísima gente que desconoce este hecho o ya no lo recuerda.
Para ser honesto, yo no estaba al tanto de los detalles del caso, aunque sabía de él, pero el film me sorprendió por la cantidad de información que brinda en tan solo 98 minutos. El documental está muy bien hecho. Comienza con la historia de la Iglesia y los curas palotinos, luego nos presenta a las víctimas y a su sangriento crimen.



 Miguel Eugenio Germino




Fuentes





ueblonomeolvides.blogspot.com.ar/2012/07/4-de-julio-de-1976-masacre-de-san.html

http://www.nacionalypopular.com/index.php?option=com_content&task=view&id=12210#_LA_IGLESIA,_C%C3%93MPLICE






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